martes, 2 de marzo de 2010

Hablar de vocación hoy....

Hablar de vocación consagrada en el siglo XXI, es hablar de cómo la entendió y vivió Cristo y sus discípulos en el siglo I. Los llamó para que estuvieran con él y para enviarlos en su nombre. Esa es la esencia de la vocación. Así lo entendió y vivió también Alberione. El lenguaje, la forma, pueden cambiar, deben adaptarse a los tiempos y a las personas para transmitir la esencia, que es siempre la misma. Si se ignora lo esencial o se cambia por lo secundario, ya no se habla de vocación consagrada, sino de otra cosa o interés que nada tiene que ver con dicha vocación.

La vocación es la llamada de Dios al diálogo de amistad con él en el tiempo y en la eternidad, y a compartir con Cristo en este mundo su misión de dar gloria al Padre y salvar a los hombres. Es una dignación amorosa de Dios, un honor y una responsabilidad gloriosa, una gran alegría, y merece gratitud eterna.

La vocación de especial consagración es la llamada de Dios al seguimiento radical de Cristo a favor de los hombres: en el sacerdocio, en la vida religiosa comunitaria, vida secular consagrada.

Esta consagración es también vivir la consagración bautismal de una forma más perfecta, profunda, radical y feliz.

La iniciativa de la consagración es de Cristo, que nos consagra, no de la persona humana, ni de los vocacionistas, ni de los formadores, ni de la comunidad, como Jesús mismo da a entender: “No son ustedes los que me han elegido a mí, sino que los elegí yo a ustedes”. El llamado o llamada sólo tiene que acoger, agradecer y vivir su vocación unido a Cristo, pues sólo quien está unido a él puede dar gloria a Dios y producir frutos de salvación: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto; pero separados de mí no pueden hacer nada”. (Jn 15, 5).

La vocación a la vida consagrada parte sobre todo del trato de amistad con Cristo resucitado presente en el mismo llamado, en la oración y la contemplación, en la Palabra de Dios, en la Eucaristía y en el prójimo. La pastoral vocacional consiste principalmente en facilitar al vocacionado el encuentro real, vivencial con Cristo en esas realidades privilegiadas de su presencia viva.

Señales de vocación

Nadie puede pretender que Dios o Jesús en persona y de forma sensible o extraordinaria lo llame por el nombre para consagrarlo a él. Pero hay signos que garantizan, con certeza moral, la llamada de Dios a la vida consagrada o sacerdotal.

Dios llama de muchas formas. Entre ellas la más frecuente consiste en el deseo sincero de consagrarse totalmente a Dios para bien y salvación del prójimo, y para asegurarse la propia salvación eterna, pues tal deseo sólo del Espíritu de Dios puede venir, y en él se refleja su llamada.

Casi todos los grandes llamados han sentido así la voz de Dios. Por ejemplo, san Ignacio de Loyola reconoció la llamada de Dios en la paz que le proporcionaba la lectura de las vidas de santos y el vacío que sentía con la lectura de las novelas que antes le entusiasmaban. El beato Alberione, en la adoración eucarística de la noche del siglo XIX al XX, sintió un gran “deseo de hacer algo por los hombres de nuevo siglo” para gloria de Dios: en eso reconoció la llamada de Dios. Los ejemplos podrían aducirse por miles.

Luego, cada forma específica de consagración requiere cualidades y condiciones de salud física, mental, moral, espiritual, capacidades, preferencias, etc., que le permitan realizar con éxito y alegría determinada forma de consagración y misión específica. Ahí es donde intervienen los orientadores vocacionales o directores espirituales que pueden discernir el carisma de vida y misión en donde mejor encajen los carismas personales para favorecer el éxito de una vocación consagrada. Y Dios dará el resto: la gracia, la asistencia, los dones necesarios para realizarla con éxito.

El camino de la consagración

El camino hacia la consagración tiene sus etapas, que se podrían decir naturales: aspirantado o fase preliminar, de acercamiento y conocimiento mutuo entre la persona llamada y la congregación o forma de vida secular consagrada, y su misión, con el seguimiento de un acompañante por medio de entrevistas personales, correspondencia, mail, msn, teléfono…; libros sobre la espiritualidad, carisma y misión del instituto o congregación hacia la que se siente inclinación.

Luego sigue el postulantado, en el cual se profundiza en el discernimiento vocacional y el conocimiento y asimilación de la vida y misión carismática, con experiencias concretas de vida interior y del carisma por los que se desea optar.

Con el noviciado empieza la vida en el instituto o congregación elegida, durante el cual el candidato o candidata se hace más consciente de su vocación divina y experimenta el estilo de vida y misión al que se desea entregar, a la vez que se evalúan la idoneidad y la consistencia de la opción por Cristo en la vida y misión que se desea abrazar.

Con la profesión de los votos se realiza la integración libre, gozosa y plena en la vida y misión del instituto o congregación elegida.

Para cada etapa hay abundante literatura apropiada sobre el carisma, la vida y misión por la que se opta. La formación permanente dura hasta el fin de la vida del consagrado-a terrena, y, junto con la experiencia de Cristo, del amor a Dios, y del amor humano y salvífico al prójimo, constituye la garantía del éxito y gozo de la vida consagrada, que sólo así es digna de ser abrazada y vale la pena vivir.


sykyeres.blogspot.com

lunes, 1 de marzo de 2010

El proceso de la vocación

Una vocación en la Iglesia, desde el punto de vista humano, comienza con descubrimiento: encontrar la perla de gran valor. Vosotros habéis descubierto a Jesús: su persona, su mensaje, su llamada.

Después del inicial descubrimiento, sobreviene un diálogo en la oración, un diálogo entre Jesús y el que ha sido llamado, un diálogo que va más allá de las palabras y se expresa en el amor.

Ciertas experiencias de entusiasmo religioso que a veces concede el Señor son únicamente gracias iniciales y pasajeras que tienen por objeto empujar hacia una decidida voluntad de conversión caminando con generosidad en fe, esperanza y amor.

La llamada del hombre está primero en Dios: en su mente y en la elección que Dios mismo realiza y que el hombre tiene que leer en su propio corazón. Al percibir con claridad esta vocación que viene de Dios, el hombre experimenta la sensación de su propia insuficiencia. Trata incluso de defenderse ante la responsabilidad de la llamada. Y así, como sin querer, la llamada se convierte en el fruto de un diálogo interior con Dios y es, incluso, hasta a veces como el resultado de una batalla con Él.

Ante las reservas y dificultades que con la razón el hombre opone, Dios aporta el poder de su gracia. Y con el poder de esta gracia consigue el hombre la realización de su llamada.

La respuesta a la vocación es siempre un Sí lleno de fe

La fe y el amor no se reducen a palabras o a sentimientos vagos. Creer en Dios y amar a Dios significa vivir toda la vida con coherencia a la luz del Evangelio, y esto no es fácil. ¡Sí! Muchas veces se necesita mucho coraje para ir contra la corriente de la moda o la mentalidad de este mundo. Pero, lo repito, éste es el único camino para edificar una vida bien acabada y plena.

Y si a pesar de vuestro esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez sois débiles no cumpliendo... sus mandamientos, ¡no os desaniméis! ¡Cristo os sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen pastor que carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane'. Cristo es amigo que nunca defrauda.

El joven del Evangelio añade: «¿Qué me falta?». Aquél corazón joven movido por la gracia de Dios, siente un deseo de más generosidad, de más entrega, de más amor. Un deseo que es propio de la juventud; porque un corazón enamorado no calcula, no regatea, quiere darse sin medida.

«Jesús fijando en él la mirada, lo amó y le dijo) ven y sígueme».

A los que han entrado por la senda de la vida en el cumplimiento de los mandamientos el Señor les propone nuevos horizontes; el Señor les propone metas más elevadas y los llama a entregarse a ese amor sin reservas.

Descubrir esta llamada, esta vocación, es caer en la cuenta de que Cristo tiene fijos los ojos en ti y que te invita con la mirada a la entrega total en el amor. Ante esa mirada, ante ese amor suyo, el corazón abre las puertas de par en par y es capaz de decirle que sí.

Si algunos de vosotros siente una llamada a seguirle más de cerca, a dedicarle el corazón por entero como los apóstoles Juan y Pablo, que sea generoso, que no tenga miedo, porque no hay nada que temer cuando el premio que espera es Dios mismo, a quien, a veces sin saberlo, todo joven busca.

Jóvenes que me escucháis, jóvenes que sobre todo, queréis saber lo que habéis de hacer para alcanzar la vida eterna decid siempre que sí a Dios y Él os llenará de su alegría.

«Una sola cosa te falta: ven y sígueme»

¿Quizá hoy Jesús os está repitiendo a cada uno de vosotros: «Una sola cosa te falta»? ¿Quizá os está pidiendo más amor aún, más generosidad, más sacrificio? Sí, el amor de Cristo exige generosidad y sacrificio. Seguir a y servir al mundo en su nombre requiere coraje y fuerza. Ahí no hay lugar para el egoísmo ni para el miedo. No tengáis miedo, por tanto, cuando el amor sea exigente. No temáis cuando el amor requiera sacrificio.

Por esto os digo a cada uno de vosotros: escuchad la llamada de Cristo, cuando sintáis que os dice: «Sígueme.» Camina sobre mis pasos. ¡Ven a mi lado, permanece en mi amor! Te pide que optes por Cristo. ¡La opción por Cristo y su modelo de vida; Por su mandamiento de amor!

El amor verdadero es exigente. No cumpliría mi misión si no os lo hubiera dicho con toda claridad. El amor exige esfuerzo y compromiso personal para cumplir la voluntad de Dios.

domingo, 28 de febrero de 2010

Dios llama desde muy jóvenes

Durante los años de la juventud se va configurando en cada uno la propia personalidad. El futuro comienza ya a hacerse presente y el porvenir se ve como algo que está ya al alcance de las manos. Es el período en que se ve la vida como un proyecto prometedor a realizar del cual cada uno es y quiere ser protagonista.

Es también el tiempo adecuado para discernir y tomar conciencia con más radicalidad de que la vida no puede desarrollarse al margen de Dios y de los demás. Es la hora de afrontar las grandes cuestiones, de la opción entre el egoísmo o la generosidad.

Cada uno de vosotros está enfrentado ante el reto de dar pleno sentido a su vida, a la vida que se os ha concedido vivir.

Sois jóvenes y queréis vivir. Pero debéis vivir plenamente y con una meta. Debéis vivir para Dios; para los demás. Y nadie puede vivir esta vida para sí mismo. El futuro es vuestro, pero el futuro es sobre todo una llamada y un reto a «encontrar» vuestra vida entregándola, «perdiéndola», compartiéndola mediante la amorosa entrega a los demás. Dice Cristo: «El que ama su vida la pierde; pero el que aborrece su vida en este mundo, la encontrará para la vida eterna»'.

Y la medida del éxito de vuestra vida dependerá de vuestra generosidad.

Cristo dispone de toda la terapia para curar los males del mundo. Él, que ha querido considerarse médico a Sí mismo', nos ha enseñado que, si se quiere cambiar el mundo, hay que cambiar antes de nada el corazón del hombre.

Es Dios quien llama y lo hizo desde la eternidad.

Todos hemos sido llamados -cada uno de un modo concreto- para ir y dar fruto.

Los discípulos fueron elegidos por el Maestro, no se presentaron voluntarios, al menos en su inicio, porque la amistad que ofrece Jesús es completamente gratuita. Y el que se siente querido de Jesús también se siente a su vez obligado a ser un discípulo fiel y activo. Y esto es dar fruto.

En la raíz de toda vocación no se da una iniciativa humana o personal con sus inevitables limitaciones, sino una misteriosa iniciativa de Dios.

Desde la eternidad, desde que comenzamos a existir en los designios del Creador y Él nos quiso criaturas, también nos quiso llamados, preparándonos con dones y condiciones para la respuesta personal, consciente y oportuna a la llamada de Cristo o de la Iglesia. Dios que nos ama, que es Amor, es « Él quien llama».

La vocación es un misterio que el hombre -acoge y vive en lo más íntimo de su ser. Depende de su soberana libertad y escapa a nuestra comprensión. No tenemos que exigirle explicaciones, decirle: «¿por qué me haces esto?»2, puesto que Quien llama es el Dador de todos los bienes.

Por eso ante su llamada, adoramos el misterio, respondemos con amor a su iniciativa amorosa y decimos sí a la vocación.

Experimentar la vocación es un acontecimiento único, indecible, que sólo se percibe como suave soplo a través del toque esclarecedor de la gracia; un soplo del Espíritu Santo que, al mismo tiempo que perfila de verdad nuestra frágil realidad humana, enciende en nuestros corazones una luz nueva.

Infunde una fuerza extraordinaria que incorpora nuestra existencia al quehacer divino.



("La vocación explicada por Juan Pablo II")

¿Cuándo y cómo llama Dios?

¡Cuántos jóvenes no poseen la verdad, y arrastran su existencia sin un «para qué»!; ¡Cuántos, quizá después de vanas y extenuantes búsquedas, desilusionados y amargados se han abandonado, y se abandonan todavía en la desesperación!

¡Y cuántos han logrado encontrar la verdad después de angustiosos años llenos de interrogantes y experiencias tristes!

Pensad, por ejemplo, en el dramático itinerario de San Agustín, para llegar a la luz de la verdad y a la paz de la inocencia reconquistada.

¡Y qué suspiro lanzó cuando, finalmente, alcanzó la luz! Y exclama con nostalgia: «¡Qué tarde te amé! »

i Pensad en la fatiga que tuvo que pasar el célebre Cardenal Newman para llegar, con la fuerza de la lógica, al catolicismo! ¡Qué larga y dolorosa agonía espiritual!

Es verdaderamente impresionante saber que poseemos la verdad.

Él os ha elegido, de modo misterioso, pero leal, para haceros con Él como Él, salvadores;

Quiere transformaros en Él.

Cristo os llama de verdad. Su llamada es exigente porque os invita a dejaros «pescar» por Él completamente, de modo que vuestra existencia se contemple bajo una luz diversa Tratad de vivir sólo para Él.

Hay un modo maravilloso de realizar el amor en la vida: se trata de la vocación de seguir a Cristo en el celibato libremente elegido o en la virginidad por amor del reino de los cielos. Pido a cada uno de vosotros que se interrogue seriamente sobre si Dios no lo llama hacia uno de estos caminos. Y a todos los que sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: rezad tenazmente para tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí.

En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, como el Buen Pastor que «a sus ovejas las llama a cada una por su nombre».


("La vocación explicada por Juan Pablo II")