domingo, 28 de febrero de 2010

¿A qué te llama Dios?

Me dirijo sobre todo a vosotros, queridísimos chicos y chicas, jóvenes y menos jóvenes, que os halláis en el momento decisivo de vuestra elección. Quisiera encontrarme con cada uno de vosotros personalmente, llamaros por vuestro nombre, hablaros de corazón a corazón de cosas extremadamente importantes, no sólo para vosotros individualmente, sino para la humanidad entera.

Quisiera preguntaros a cada uno de vosotros: ¿Qué vas a hacer de tu vida? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Has pensado alguna vez en entregar tu existencia totalmente a Cristo? ¿Crees que pueda haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?.

Os halláis en la encrucijada de vuestras vidas y debéis decidir cómo podéis vivir un futuro feliz, aceptando las responsabilidades del mundo que os rodea. Me habéis pedido que os dé ánimos y orientaciones, y con mucho gusto os ofrezco algunas palabras en el nombre de Jesucristo.

En primer lugar os digo: no penséis que estáis solos en esa decisión vuestra y en segundo lugar que cuando decidáis vuestro futuro, no debéis decidirlo sólo pensando en vosotros.

La convicción que debemos compartir y extender es que la llamada a la santidad está dirigida a todos los cristianos. No se trata del privilegio de una élite espiritual. No se trata de que algunos se sientan con una audacia heroica. No se trata de un tranquilo refugio adaptado a cierta forma de piedad o a ciertos temperamentos naturales. Se trata de una gracia propuesta a todos los bautizados, según modalidades y grados diversos.

La santidad cristiana no consiste en ser impecables, sino en la lucha por no ceder y volver a levantarse siempre, después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre, sino más bien del esfuerzo por no obstaculizar nunca la acción de la gracia en la propia alma, y ser, más bien, sus humildes «colaboradores».

Cada laico cristiano es una obra extraordinaria de la gracia de Dios y está llamado a las más altas cimas de santidad. A veces éstos no parecen apreciar totalmente la divinidad de su vocación. Su específica vocación y misión consiste en -como levadura- meter el Evangelio en la realidad del mundo en que viven.

¡Seguid a Cristo: vosotros, los solteros todavía, o los que os estáis preparando para el matrimonio! ¡Seguid a Cristo! Vosotros jóvenes o viejos. ¡Seguid a Cristo! Vosotros enfermos o ancianos, los que sentís la necesidad de un amigo: ¡Seguid a Cristo!

("La vocación explicada por Juan Pablo II")

domingo, 21 de febrero de 2010

Si quieres consagrarte a Dios recuerda...

  • Quieres entregarte por completo a Dios; desde ahora no te pertenecen tus ilusiones, tu vida, tus proyectos, el amor, la compañía, el honor, el dinero, la fama... Siempre que los persigas estarás apartándote de la Llamada.

  • La vocación, la llamada de Dios no se pierde, pero puedes dejar de oirla si no permeneces fiel diariamente a tu entrega total, a los propósitos que te marcas por encima de las dificultades.

  • Las dificultades, miedos y sufrimientos son inherentes a la vocación. De ahora en adelante cuenta con ellos, vendrán momentos de aburrimiento, de soledad, de dudas, incomprensiones de quienes te rodean... Pero la recompensa merece el esfuerzo del camino

  • La perfección no es de este mundo y lo que importa es tu esfuerzo cotidiano de superación, no los frutos.

  • El desánimo es la tentación de abandonar lo grande. No te desanimes si te sientes incapaz de salvar al mundo, de ser lo suficientemente generoso. No te desanimes si ves a tu alrededor la dejadez de algunos consagrados, cuando te encuentres sólo en tu ideal, cuando veas la indiferencia de los que deberían ser mejores.

  • Sin una vida constante de oración, sin la amistad con Dios, pronto estarás más cerca del "suelo" que del "cielo" y no merecerá la pena tu sacrificio de hoy.

  • Una tentación constante en tu vida va a ser la de recuperar aquello que hoy dejas. La renuncia ha de ser gozosa y libre, no amarga y resignada.

  • Y recuerda diariamente que la felicidad en la vocación depende directamente de la radicalidad en la entrega. Dios jamás defrauda a quien pone "toda la carne en el asador" por la construcción de su Reino.
vocacionescritotellama.blogspot.com

sábado, 20 de febrero de 2010

La vocación de Leví

No tengamos miedo de ser cristianos, de seguir a Cristo, de convertirnos, de manifestar nuestra fe.

Lucas 5, 27-32


En aquel tiempo salió Jesús y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme». El, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: «¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?» Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores».


Reflexión


Dos versículos del evangelio son capaces de transmitirnos algo tan complejo como es el llamado de Dios a un alma y su respuesta. Jesús se acerca a un hombre, Leví (o Mateo), y le dice una palabra: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió. Es claro que Cristo no usa muchas palabras cuando desea que un hombre lo deje todo y le siga. Es la voz de su alma, de su mirada, de su amor, ... la que mueve los corazones.

Jesucristo nos habla a nosotros en la oración, y también nos dice pocas palabras. Son pocos los casos en que Cristo se presenta en persona y habla a un hombre. Es en el diálogo interior, en la escucha del alma, en la reflexión y meditación del evangelio, en la contemplación de la Eucaristía, donde Dios pronuncia su palabra milagrosa: “sígueme”.

No tengamos miedo a dar la misma respuesta de Mateo. Él era un publicano y, para los judíos de su tiempo, un pecador. Sigamos su ejemplo de conversión y abramos la puerta de nuestra casa, de nuestro corazón, a un gran banquete con Nuestro Señor. Un banquete en el que sin duda gozaremos de su presencia, a pesar de lo que digan los demás. No tengamos miedo de ser cristianos, de seguir a Cristo, de convertirnos, de manifestar nuestra fe; y gozaremos así de la felicidad que Jesucristo nos proporciona. Una felicidad como la de Mateo.

jueves, 18 de febrero de 2010

Escucha...