viernes, 29 de enero de 2010

El Coraje para vivir la vocación

Una de las gracias necesarias para vivir la vocación a la que estemos llamados es el Coraje.
Para abrazar la voluntad de Dios es nuestras vidas y asumir lo que Dios quiere de nosotros es necesario perder el miedo.
Se necesita coraje para dejar todo, para testimoniar el amor de Dios en el mundo, para seguir a Jesús, para cargar la cruz...
Reflexinemos sobre esto meditando: Mt 4, 18-22, percibiendo el coraje que tuvieron las discipulos para seguir a Jesús y pidamos tener ese mismo coraje con la certeza de saber que Dios ya nos dio esa gracia.

jueves, 28 de enero de 2010

El mundo te necesita!!!

miércoles, 30 de diciembre de 2009

La vida religiosa apóstolica


Los religiosos y religiosas de vida apostólica renunciando al mundo se han consagrada a Dios mediante la profesión pública de los consejos evangélicos (votos de pobreza, castidad y obediencia) según un carisma específico (franciscanas, dominicanos, salecianos, etc) y en una forma estable de vida común para el servicio apostólico.
Ellos deben continuar en cada época tomando ejemplo de Cristo, el Señor, alimentando en la oración una profunda comunión de sentimientos con él, de modo que todo su modo esté impregnada de espíritu apostólico y toda su acción apostólica esté sostenida por la contemplación.

La vida religiosa monastica


En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino (la oración litúrgica), la ascesis personal (ciertos ejercicios como el trabajo manual, las vigilias, etc a través de los que dominan sus pasiones y su caracter para amar libremente a Dios), la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios.
La comunidad vive en un clima de silencio y de separación del mundo, que favorece y expresa su apretura a Dios mediante la contemplación, a ejemplo de María, que conservaba todas las cosas y las meditaba en su corazón.
Toda la vida de las monjas y monjes se orienta a conservar el recuerdo constante de Dios. En la celebración de la Eucaristia y el oficio divino, en la lectura y meditación de los libros sagrados, en la oración privada, en las vigilias. En la quietud y el silencio, buscan ardientemente el rostro del Señor y no dejan de interpelar al Dios de nuestra salvación para que todos los hombres se salven.